Abrió la
puerta de doble hoja y entró a la cocina. Estaba calentita porque era domingo y
el cuidador le había dejado prendida la estufa antes de irse a cazar. Era un
mimo que ella supo apreciar en esa mañana helada del mes de julio. Envuelta en
la bata de pirineo bordó, miró por la ventana, sabiendo antes de hacerlo, que
lo blanco de la helada le haría sentir más frío; pero era lindo mirar la
helada, el cielo tenía una luminosidad especial, la escarcha en el charquito
debajo de la canilla parecía de cristal. Se quedó un rato frente a la ventana
mientras se terminaba de calentar el café en la cocina de leña que él también
había dejado prendida para que ella no tomara frío.
Se dio tiempo
para desayunar, disfrutó del perfume del café con leche, saboreando tranquila
los pedacitos de galleta de campo con manteca y miel. La manteca la habían
hecho los chicos el día anterior y ella había intervenido al momento del último
batido, cuando el suero se separa indicando que ya está lista para ponerle el
poquito de sal que la haría tan sabrosa e irresistible. La miel la habían hecho
las abejas, no sabía cuando, pero qué rica estaba! Tan pura, que era difícil
sacarla de la lata.
Cuando
terminó, lavó lo que había ensuciado, sacó la tabla de estirar la masa, la
fuente enlosada donde la tomaría, la canasta de los huevos (pensando una vez
más que su marido la había hecho en la escuela primaria, trenzando el alambre y
dándole esa forma redondeada que permitía poner allí dos docenas de huevos sin
problema) y se puso a preparar los tallarines que comería al mediodía con sus
hijos.
Como llamada
por su pensamiento apareció la más chica, agarró un banco y lo acercó a la mesa
para ver cómo amasaba. Ella ya había mezclado la harina con la sal, había hecho
un hoyo en el medio donde cascó los 8 huevos, agregó el buen chorro de aceite
y, bajo los atentos ojos de la más chiquita, empezó a amasar con fuerza,
agregando el agua que hizo falta para lograr esa masa firme y lisa que dejó
reposar mientras le calentaba le leche y le preparaba los pancitos que comería
con ganas, chupándose los dedos para sacar las gotitas de miel que se escurrían
sin que pudiera evitarlo.
Cuando la
chiquita terminó con su leche, la masa ya había reposado y fue el momento de
dividirla en trozos y empezar a estirar cada uno de ellos. No era tarea fácil
ya que la masa de tallarines cuanto más dura más rica. El palote hizo lo suyo y
las masas quedaron del grosor que ella quería. También en ese punto viene bien
un reposo, y ella lo aprovechó para arreglar a la niña para que fuera a Misa.
Le pùso la pollerita tableada de pied de Poul blanco y gris, la que tenía un
cuerpito de tela de sábana que evitaba que se cayera, y que puesto sobre la
camiseta aumentaba el abrigo y disminuía la picazón que producía la lana de
cabra del pulóver que le había hecho con el regalo de la tía Cachito, la de
color amarillo maíz. Las medias tres cuartos blancas, la bufanda y el moño del
pelo del mismo color, completaban el atuendo y así de bonita iría a la Misa.
Sus hermanas ya estaban desayunando, mudas y malhumoradas
como siempre cuando recién se levantaban, y el hermano llegó ya vestido,
restregándose las manos por el frío, en el mismo gesto de su padre, los dos tan
friolentos! Se había peinado a la gomina, el jopo bien armado.
Finalmente
todos acabaron su desayuno, cada cual hizo su cama y los cuatro partieron a
Misa, de dos en dos. Las mayores por su lado, con sus lindos tapados, sus
zapatos altos y medias de seda. Una morocha y otra rubia, hasta en el color de
pelo eran distintas esas dos hijas. El varón y la más chiquita por otro lado,
él todavía con pantalón corto que, pese a ser de franela, dejaba a merced del
frío la parte de pierna que iba desde la media tres cuartos hasta el borde del
pantalón. Sobre la camisa blanca llevaba el pulóver azul escote en V que le había terminado justo el
día anterior, y encima de todo la chaqueta cazadora gris. Por supuesto que la
camiseta de frisa ayudaba a todos a estar más calentitos sin que se notara
debajo de la ropa. A la chiquita finalmente la convenció de ponerse el tapadito
de pana que le había mandado la tía Lita porque a Inés y le quedaba chico. Le
quedaba hermoso! El color azul marino contrastaba con su carita rosada y sus
rulos castaños. Al acompañarlos a la puerta, y mirándolos irse, se quedó
pensando en lo lindo que era tenerlos. Tener esa familia que era la realización
de sus sueños.
Pensando
todavía en eso, volvió a entrar a la cocina. Comenzó a cortar los tallarines
con la cuchilla que antes pasó por la chaira para ajustarle el filo. Una vez
cortados los sacudió entre sus dedos para despegarlos y los fue poniendo sobre
la mesa del comedorcito hasta el momento en que el agua de la olla hirviera y
ella los pusiera a cocinar.
Volvió a la
mesa de mármol, retiró la tabla, limpió todo y se dedicó al tuco. Ese tuco que
tendría que defender a capa y espada cuando los chicos volvieran y empezaran el
ir y venir desde la bolsa del pan colgada en la despensa, a la olla. Siempre
tenía que enojarse para que pararan de “probar”, igual que con las papas
fritas.
Picó la
cebolla, el ají, ralló la zanahoria, abrió la lata de tomates y la de extracto
de tomates, que le daría más color y cuerpo al tuquito y fue poniendo los
ingredientes en la olla en la que ya se había dorado la aguja, esa crne que le
gustaba usar en ese caso porque si bien era dura, era muy sabrosa, y como
herviría mucho tiempo, cuando fuera a la mesa se desarmaría en las bocas. A
poco de terminar de agregar las cosas y los condimentos necesarios: la hoja de
laurel, el orégano, el ajo y el perejil, la pimienta, la sal, agregándole un
buen cucharón de caldo del día anterior, empezó a sentir que el olorcito
llenaba la cocina y entonces sí, decidió vestirse.
Como allí
estaba calentito y el resto de la casa no, trajo la ropa y comenzó a ponerse las medias, la pollera de franela
gris y el conjunto tejido verde oscuro. No usaba camiseta pero sí combinación
y, según ella, esa telita transparente y suave era suficiente para calentarla
un poco. Nunca fue friolenta y le gustaba el invierno. No conocía los sabañones
en su cuerpo pero sí en los de los suyos. Pensó en las piernas de Mabel, las
manos de Cristina, las orejas de Miguel y de su marido y se estremeció por el
dolor que le contaban que sentían. Había probado todos los remedios, los caseros
y los de laboratorio, nada daba resultado, solo producían alivio. La más
chiquita no tenía, por lo menos hasta ahora.
Dejó de pensar
en eso y volvió a la olla, moviendo la cuchara de madera, a la cual le pasó
después la lengua para ver si faltaba sal. Sí, le faltaba, pero esperaría más
para corregirla porque mientras se concentran los sabores, se incrementan.
Decidió
pintarse los labios y ponerse perfume, al fin y al cabo era domingo, y como
decía la abuela Joaquina:-hay que distinguir el domingo!
El domingo es
el día del Señor y como tal, todo debía ser especial; la ropa, la comida, las
actividades. Ella había adoptado eso y sentía placer en ponerlo en práctica.
Volvió a
revolver el tuco y se sentó en la silla más cercana a la cocina, donde siempre
lo hacía, a fumarse un cigarrillo.
Miró el lugar
y una sonrisa apareció en su boca. No había allí nada que no fuera utilizado en
algún momento del día.
Sin embargo,
esa era su sala del trono. Ahí era la reina.
Esa era su
sala de meditación, su laboratorio de alquimia, el lugar donde se producían las
ofrendas y también se las recibía. Allí escuchaba a sus hijos, a su marido y
sus amigos y allí también ella contaba sus cosas.
Pensando en
todo eso, continuó imaginando su domingo: volverían los chicos de la Misa , probablemente con
Cachito y las chicas, Mónica y Marcela. Charlarían un rato de las cosas que
pasaron en la semana y después las acompañaría como siempre hasta la esquina,
donde acordarían juntarse a tomar el té, si Elvira lograba que “el gallego” la
trajera cuando vinieran las chicas al cine de la tarde.
Despidiéndose
de Cachito y las chicas, volverían a la casa y mientras los chicos ponían la
mesa en el comedorcito, ella rallaría el queso, pondría los tallarines en el
agua con sal hirviendo y, en el tiempo que tardaran en cocinarse, pondría un
poco de tuco en la fuente de vidrio, encima un poco de queso, luego los
tallarines, más tuco, más queso y humeando, a la mesa, a disfrutarlos con sus
muchachos!
Después
vendría la siesta, el té con las cuñadas contándose sus cosas, hablando de los
chicos, los maridos, los chismes del pueblo, tejidos, recetas, y la vuelta a
casa para el regreso del cazador. Despanzar las perdices entre cuentos del día,
colgarlas en las perdiceras de los ganchos de la pared de la despensa para
orearlas. Al otro día se regalarían algunas y se prepararían otras. Ya pensaría
cómo hacerlas: en escabeche, con leche, con repollo y panceta, con polenta, ya
vería, dependía de cuántas fueran y si eran chicas, coloradas o copetonas.
Para cuando terminaran
ya se escucharía cerrar la cancel y los comentarios de las películas llegarían
desde el living, a la cocina.
De nuevo
pondrían la mesa, se sacaría un poco de escabeche de perdices del frasco, para
completar si los tallarines recalentados no eran muchos y se quedaban las
chicas de Elvira, y así, de esa manera, en familia y comiendo, terminaría el
domingo, el día del Señor, el día de la semana que cada uno de ellos distinguía
a su manera y ofrecía. El de ella se había desarrollado en gran parte en la
cocina, ese lugar que a todos les gustaba y que ella convertía en un nido
calentito y protector.
me encanta la descripción de los detalles, de los instrumentos de cocina, de la ropa, de los olores, como si todo eso fuera desarrollando el pensamiento, el recuerdo, pero también casi como si se volviese a ese lugar, en ese preciso momento. Muy bueno!
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