
EL CUIDADOR
El charco debajo de la canilla del patio estaba escarchado, como todos los últimos días. Qué invierno frío!
Cuando los perros escucharon caer el agua en el balde se enloquecieron, ladraban, lloraban y daban vueltas en redondo en la perrera. Era domingo y faltaba poco para que el cuidador abriera la puerta y los dejara salir a retozar por el jardín mientras él tomaba mate, alimentaba las gallinas y preparaba las cosas para que los tres fueran a disfrutar el día más lindo de la semana: el domingo de caza!
Para salir faltaban como dos horas, ellos correrían por todo el jardín hasta el momento de subir al auto y partir al campo a cumplir con el trabajo que les imponía la raza pointer: marcar las piezas, hacerlas volar y cuando él las bajaba, traerlas y entregarlas en su mano, que después de ponerlas en la perdicera, les haría caricias de reconocimiento en la cabeza y recorrería sus largas orejas tocando los perdigones que él mismo había puesto allí con algún tiro apresurado.
El campo era la gloria en esos días tan fríos. Los cascotes de tierra negra tenían como una nieve blanca bordeándolos y se rompían con un ruido seco bajo las botas de cordones pasados por miles de trabas, que la noche anterior había lustrado con el esmero de siempre, y que gracias a eso, lo acompañaron durante toda su vida de cazador. Era muy friolento y salía cubierto de abrigo, guantes, bufanda y la infaltable boina cubriendo su pelada.
Llegarían al campo con el sol apenas despuntando y el frío en su momento más poderoso, pero al rato, la caminata haría que entraran en calor, y entre las pajas bravas que ofrecían nido a las perdices, vivirían su fiesta.
Cazarían hasta el mediodía, pararían para comer algo: chorizos secos con galleta era lo habitual, los perros habían comido un poco a la mañana y los dejaría darse una panzada a la tarde. Además, la excitación les quitaba el hambre y era mejor estar livianos para correr. Era un placer verlos en acción. Cuando marcaban una perdiz, levantaban una mano, señalaban el lugar donde estaba, con el hocico, y se quedaban quietos como si fueran de piedra, hasta que él con el silbato les ordenaba hacerla volar, para dispararle al vuelo. Decía que en vuelo tenían oportunidad de salvarse.
Después de comer, tomar el té de El Hogar, y despanzar las piezas de la mañana, seguirían cazando toda la tarde mientras los acompañara el sol. Cuando empezara a atardecer volverían los tres al auto, con las perdiceras llenas de animales muertos, colgando del cogote. Si habían tenido un buen día podían llevar a casa 3 o 4 llenas.
El cansancio era enorme. Estaban llenos de abrojos y raspados por los alambres de púas que habían tenido que pasar una y otra vez yendo de un cuadro a otro.
Al volver, paraban en el puesto a agradecer y dejar los caramelos para la señora y los chicos, que siempre los atendían tan bien. Llegando a la casa, sus propios chicos le ayudarían a bajar las cosas, que él acomodaría con paciencia para que estuvieran listas el siguiente domingo.
Antes de eso alimentaría a los perros, los atendería y les agradecería su labor y su compañía. Después del baño llegaría la hora de limpiar las escopetas, una y otra vez hasta que no quedara un rastro de pólvora en los caños, las aceitaría y las guardaría como siempre bajo llave, hasta la siguiente cacería.
Mientras tanto la patrona, la compañera de su vida, la hermosa mujer que el eligió, se ocuparía con los chicos, de acondicionar las perdices en la despensa para que se orearan y después, en la semana, se prepararía con ellas un escabeche como el que comerían ahora en la mesa del comedorcito, mesa de domingo a la noche, rodeada de familia. Las perdices se desarmaban en la boca, junto con las zanahorias y las cebollas, y algún grano de pimienta haría pensar que una munición se había colado, y a veces, una munición, haría pensar que era un grano de pimienta.
Rendido de cansancio, el cuidador daba gracias a Dios por su vida, antes de cerrar sus ojos en la cama caliente. Ese día le daba fuerzas para arremeterle a la semana que venía.
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